sábado, 18 de abril de 2009

OTTO Y ANNA

Había una vez un pingüino llamado Otto. Era un pingüino hermoso y muy joven que vivía encerrado en su propio mundo. Siempre podía hallársele lejos de los demás, con sus pensamientos en el Polo Norte y no precisamente porque anduviese despistado, el literalmente tenía sus pensamientos allí: Siempre había soñado con que sería más feliz si viviese allá, entre otras cosas, porque ignoraba que el Polo Norte era tan frío como su actual lugar, y él deseaba calor. Otto no solía hacer nada de lo que generalmente hacían los demás pingüinos, no cazaba, ni estaba la mayor parte de su tiempo dentro del agua casi congelada.

Anna era una foca bebé, pasaba la mayoría del tiempo durmiendo en la gruta de hielo
que era su casa y en donde su madre aún era quien estaba pendiente de su comida. Anna sabía, su instinto ya se lo decía, que muy pronto los cuidados de su mamá iban a desparecer y estaba preparándose para el momento en el cual le tocaría estar solita. Por su naturaleza y a pesar de su corta edad, Anna era grande y fuerte, era blanca como la nieve y muy hermosa. La sensación de calor que le proporcionaban los cuidados de su madre se quedaría para siempre impregnada en su memoria.

Pasaron los días y la mañana en que Anna abandonaría su gruta, llegó. Ese día ella despertó feliz y emprendió su travesía. Mientras se desplazaba comenzó a ver a los pingüinos, a las demás focas, a los leones marinos, a las morsas, llamando todas esas manadas su atención, hasta que sus ojos se encontraron con Otto, quien como era su costumbre, estaba aparte, perdido en sí mismo y con su mirada dirigida al cielo. Anna no comprendió mucho lo que le sucedió al verlo, sólo tuvo una sensación que le agradó tanto como la de estar junto a su mamá y de ahí en adelante su atención no pudo ser para nadie más.

Anna, gracias a lo que significaba para ella estar cerca de ese pingüino de quien no sabía ni su nombre, como un impulso optó por quedarse muy cerca de él y observarlo. Durante esos días, Anna ya no quería crecer más, de hecho ella era una foca diferente a las demás pero no quería ser tan diferente a él. Otto por su parte, aún no se había percatado de la existencia de la foca. Cansada ya de sólo mirarlo, Anna se armó de valor y un día quiso entrar en el mundo aparte que ella ya había entendido que el pingüino extraño tenía, entonces se acercó y le preguntó:

–¿Cómo te llamas?
Él, distante, le respondió: –Otto
Ella, sorprendida, exclamó: –Ohhh! Tu nombre y mi nombre son iguales!!!
El, sin cambiar en nada su actitud distante le preguntó: –¿Iguales por qué?
Ella le dijo: –Son iguales porque tu nombre y el mío se leen de la misma forma para adelante y para atrás

Para Anna fue muy importante este hecho, lo cual la impulsó más a estar junto a él, mientras que Otto ya había olvidado el comentario.

La vida de Otto y Anna comenzó a unirse, más por la insistencia de ésta, que por lo que él hubiese deseado; de hecho para el pingüino, la foca era una más y él seguía viviendo solo, en su mundo.

De repente y sin pensarlo mucho, los amigos emprendieron el viaje de sus vidas, Anna sólo quería estar al lado de Otto, y él se aprovechó de esto para no irse solo a buscar el Polo Norte, que era la razón para la cual vivía. Él quería encontrar el calor del Polo Norte y lo haría junto a Anna, luego de lo cual muy seguramente la abandonaría. Entonces, en un témpano de hielo foca y pingüino, se dirigían tras un sueño.

Durante la travesía, Anna enseñó a Otto a pescar, lo enseñó a defenderse de quienes querían atacarlo. Por primera vez, Otto comenzó a ver realmente a Anna: la foca ya no era para el pingüino una extraña y él ya disfrutaba sus momentos junto a ella. No obstante, el pingüino seguía viviendo por llegar al Polo Norte.

Cuando el témpano de hielo en el que viajaban estaba por derretirse del todo, Otto y Anna se encontraron con Igor, un cóndor que vio en Anna, su próximo alimento. Igor se acercó, con toda la astucia del caso, pretendiendo ser quien los ayudara en la búsqueda de sus sueños, cuando sus propósitos realmente eran comerse a Anna.

Otto, en medio de su ingenuidad y con la seguridad que le proporcionaba Anna (él creía que todo el mundo era bueno como ella, de hecho y sin él saberlo, ella ya era su mundo) recibió todas las atenciones e indicaciones del malvado cóndor, pasó mucho tiempo junto a él, sintiéndose feliz porque cada vez y con la ayuda de Igor, se acercaba más su llegada al tan anhelado Polo Norte.

Una noche y cuando Igor ya tenía toda la confianza de Otto, decidió que era el momento de atacar a Anna. Todo estaba fríamente calculado, nada podría fallar… Igor tenía a Anna sólo para él, comería este delicioso manjar y luego huiría, sin dejar huella de Anna, de él mismo y dejando a Otto solo en el mundo.

En esos instantes, algo en la mente de Otto surgió, su corazón de niño aislado, se transformó en un corazón de un hombre grande y fuerte, que ya había descubierto el calor que tanto buscaba en el Polo Norte junto a una foca llamada Anna y sucedió que sus fuerzas se dirigieron al lugar donde ella estaba en peligro. Libró una dura batalla con Igor, pero a pesar de ser más pequeño, pudo más la fuerza de su corazón y ganó.

Otto y Anna nunca llegaron al Polo Norte, porque los dos encontraron lo que buscaban muy lejos de ahí. Se encontraron el uno al otro, siendo el uno para el otro el calor que siempre habían deseado para sí. Foca y pingüino vivieron juntos y felices por el resto de sus vidas...



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